viernes, 21 de marzo de 2008

De sánguches y flores

-¡Qué extraña escena describes – dijo - y qué extraños prisioneros!
-Iguales que nosotros – dije - porque, en primer lugar, ¿crees que los que están así han visto otra cosa de sí mismos o de sus compañeros sino las sombras proyectadas por el fuego sobre la parte de la caverna que está frente a ellos? Platón

Antes de plegarme a la propuesta de Tina de ir a Las Violetas a comer sánguches de miga porque (insistió) son increíbles, pensaba que se trataba de una exageración, que la única verdad es la realidad -o que la realidad es la única verdad, que es lo mismo- y que el sánguche de miga es bastante parecido en todos lados, más rico, menos sabroso, tostado, carlitos, croque monsieur, pero sánguche de miga al final de cuentas.

Sin embargo, me equivoqué. Como sentenció mi amiga, la idea – según la concepción platónica – del sánguche de miga está (a todas luces) en Las Violetas.

Esta semana fuimos con Tina a la confitería de la Avenida Rivadavia y Medrano, y nos acercamos primero al mostrador para hacer una primera apreciación visual de una de las especialidades de la casa. Estaban apilados unos sobre otros al lado de una balanza y de la empleada, que nos decía en forma terminante que no podían hacer nuevos gustos porque se habían quedado sin pan.

La desilusión nos nubló el entendimiento y empezamos a elegir gustos entre los que había ahí - jamón y queso, ananá y jamón y roquefort, jamón y nuez – aún cuando Tina repetía una y otra vez: no saben lo que son los de corazón de alcaucil, mirando en derredor como si buscara en los exhibidores el pan de miga que la mujer decía no tener.

La empleada nos dijo que si los íbamos a comer en el café, teníamos que pedirlos directamente en la mesa y ésta fue la oportunidad de convencer al mozo. Lo logramos. No sólo había más pan -¡cómo imaginar una panadería sin pan!- sino que pedimos tres variedades: corazón de alcaucil y jamón, caprese (con aceitunas negras) –y pavita, palmito y salsa golf.

El primero es (al decir de Tina) mejor que el alcaucil mismo. Y estoy por completo de acuerdo con ella. El de caprese no deja dudas acerca de su identidad. No es una ensalada ensanguchada. Todo lo contrario, tiene total autonomía con respecto a todo lo conocido y es un sánguche hecho y derecho, único e incomparable con nada. El de pavita nos gustó, sólo a secas. Pero dos de tres es una buena performance.

Pagamos sonriendo y no nos fuimos sin antes mirar los vitrales de la confitería y reflejarnos en los muchos espejos como seguro lo hicieron personajes de una Buenos Aires de antaño.

Tuvimos también la certeza de que cualquier sánguche de miga que pudimos haber comido en el pasado no fue más que mera sombra imperfecta, reproducción inferior de los de Las Violetas, un reflejo que atisbamos atados por las piernas y el cuello dentro de la caverna.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

WOW! Que pensará el conde???

manulandia... dijo...

Ahí tengo una cita pendiente...
Si te interesa el dato: mi dady dice que el "sanguche" de pavita del Tortoni es el mejor del mundo... y no sé por qué tb insiste en el jugo de naranja...
La verdad no sé si jugarme y decirles que tienen que ir sí o sí... pero capaz es una buena oportunidad para...
De la vez que fui (sólo acepté una sola invitación... sí, tarada total) recuerdo al mozo que decía hablar en 5 idiomas... era como el rey del lugar... no recuerdo haber estado bajo ningún efecto de nada... pero se me viene a la mente la imagen del mozo como si estuviese iluminado, algo así como "divinizado": rubio, ojos claros, buen porte (o con "buena percha" como dicen las viejas...) con su servilleta blanca (es una servilleta o repasador??) en el antebrazo y la gran bandeja plateada en su mano...
No sé cómo llegué hasta acá...